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jueves, 12 de agosto de 2010

Inception, a medio guión de ser perfecta

Durante una clase, dos directores en ciernes se preguntaban a qué medio le debía más el cine: ¿al teatro, por el aporte de su narrativa?, ¿o a la fotografía, por la técnica que repite la cámara al rodar? Sin poder llegar a una conclusión, los estudiantes le preguntaron a su maestro. ¿Su respuesta? Ni a la fotografía ni al teatro: la deuda del cine es con el sueño. Y, en efecto, ya sea porque la oscuridad de una sala y la imagen que arroja el proyector imita el mundo onírico o porque los sueños son un terreno misterioso y difícil de explorar, el hecho es que lo que ocurre en nuestras cabezas cuando dormimos siempre ha sido un tema fundamental para los cineastas. Con Inception, Christopher Nolan se convierte en el más reciente de su profesión en dedicarle una historia este mundo.
En la nueva cinta de Nolan, los sueños son campo de batalla para el espionaje corporativo. Habilidosos “extractores” entran al universo onírico y roban secretos e ideas del subconsciente de la víctima. El trabajo es aparentemente lucrativo, y Dom Cobb, interpretado por Leonardo DiCaprio con su característica intensidad cautivadora, es el mejor de todos estos espías. Después de que un magnate le propone embarcarse en la peligrosa tarea de “plantar” una idea en vez de extraerla, Cobb reúne al mejor equipo posible para llevar a cabo la misión. A través de un proceso denominado “sueño compartido”, el grupo de Cobb puede controlar ciertos aspectos del sueño. Sin embargo, este espacio subconsciente es vulnerable a la intrusión de elementos psicológicos de los espías, y particularmente peligroso para Cobb, cuya esposa despechada, Mal (Marion Cotillard), parece estarlos cazando.

A Inception le sobran virtudes. El elenco, compuesto por DiCaprio, Ken Watanabe, Joseph Gordon-Levitt y Michael Caine (entre otros), es magnífico. Tom Hardy interpreta de manera soberbia a Eaves, el camaleón del grupo, y el siempre menospreciado Cillian Murphy está fantástico como la víctima de Cobb y su equipo. Hanz Zimmer provee a la cinta con su usual derroche para crear música extravagante y cautivadora. Y, por supuesto, los efectos especiales son impecables.

A pesar de requerir de mecanismos propios de una cinta de ciencia ficción, la trama de Inception no es tan diferente a la de una película como Ocean´s Eleven: el protagonista que recluta a un equipo de profesionales para ayudarle, el nuevo miembro del equipo que sirve de pretexto para que nos expliquen las reglas del juego, las secuencias de persecución, las explosiones y, por supuesto, el robo final en el que converge toda la planeación que los personajes han llevado a cabo durante la primera hora de la película. En Inception, este tercer acto sucede dentro de diversas capas oníricas (sueños dentro de sueños dentro de sueños) y dentro del secreto ominoso de Cobb, que significa un peligro inminente para la misión. Todos los elementos de Inception explotan durante esa última hora en lo que sólo puede describirse como verdaderos fuegos artificiales hollywoodenses: un thriller de acción con una premisa novedosa e intrigante.

Desgraciadamente, la película es más que el robo final. Como director y guionista, Nolan se esforzó en la factura de las secuencias del robo de sueños, y se nota. Sin embargo, es claro que notó que su historia necesitaba un contexto emocional. Y es ahí donde entra la preocupante vida pasada de Cobb. La historia del personaje de DiCaprio es tan confusa –tan llena de cabos sueltos y de ilógicas vueltas de tuerca- que termina por secuestrar la narrativa de la cinta entera. Esto es lamentable, sobre todo si vemos lo cerca que estuvo Nolan de tener una película perfecta. Habrá muchos que se dejen llevar por la pirotecnia de las secuencias de acción y pasen por alto la incongruencia de este tramo de la narrativa. Yo me quedo con lo que pudo ser: una película impresionante, con suficiente corazón como para conmover a millones de espectadores. Desgraciadamente, Inception sólo entra en la primera descripción.
- Ryan Haydon

viernes, 6 de agosto de 2010

LA TENTACION DE CIORAN

Según el había pocas cosas más terribles que haber nacido, el 8 de abril de 1911 en Rasinari, un pequeño pueblito de Rumania. Y esa certeza suya no era tan desmesurada. Claro, habría cosas peores. Por ejemplo, el traslado, con sólo diez años, a otra pequeña aldea, esta vez en Transilvania, llamada Sibiu.
Entonces empezó a leer; y leyó sin descanso (Diderot, Balzac, el aforista Lichtenberg, Flaubert, Dostoievsky, Tagore). Tenía otro vicio secreto: las putas. "Creo que pasé toda mi adolescencia entre bibliotecas y burdeles", decía. Ya en la facultad, en Bucarest, se dedicó con vehemencia a la obra de Kierkegaard y Bergson primero, después a Schopennhauer, Nietzsche, Kant, Hegel.

Caminaba, caminaba toda la noche, pensando, reelaborando teorías. A los veinte decidió suicidarse.
Pensaba: "Soy uno de esos que, por millones, se arrastran sobre la superficie de la tierra. Uno más solamente. Esa banalidad justifica cualquier conclusión, cualquier conducta: libertinaje, castidad, suicidio, trabajo, crimen, pereza, rebeldía. Cada cual tiene razón en hacer lo que hace".

No se suicidó. En su lugar, escribió un libro terrible, "En las cimas de la desesperación". Pero siempre quiso irse, y quizás el suicidio era sólo una forma de hacerlo. Pretendió ir a Madrid, pero se lo impidió la Guerra Civil, así que siguió escribiendo y generando polémicas. Lo acusaron de nihilista, de masoquista, de anticlerical, lo acusaron de despertar confusiones intencionalmente. Todo era cierto. En setiembre del '37 -como premio o como una manera de sacárselo de encima- lo becan para continuar su "carrera" en París. Rumania deja de ser, poco a poco, su patria.

En lugar de asistir a las clases de la Sorbona, prefiere recorrer Francia en bicicleta: cada vez que pasa por una universidad entra en el comedor y consigue que lo dejen comer gratis. Por las noches como un enloquecido,continúa con su costumbre de caminar en soledad. En una de esas caminatas, lo sorprende la madrugada a orillas del mar. Una bandada de gaviotas lo sobresalta y las aleja a pedradas. "No necesitaba a nadie, pero esos chillidos estridentes y sobrenaturales me hicieron entender que sólo lo siniestro podía apaciguarme." Para entender eso había esperado toda la noche, o toda la vida.

Otra mañana, en un matadero de las afueras de París, hasta donde llegó en su caminata febril, observa largamente cómo las vacas son golpeadas para que prosigan hasta el lugar de la matanza, ya que, a último momento, se negaban a avanzar. "Esta escena es la misma que cuando, rechazado por el sueño, no tengo fuerzas para afrontar el suplicio cotidiano del tiempo."

El insomnio, siempre. Recorrer cementerios, quizá con la secreta ilusión de volver a su infancia, cuando iba al camposanto de su pueblito natal para buscar calaveras y jugar al fútbol con ellas. Cambiar de lengua, de soledad, de nacionalidad. Pensar, escribir: "Un escritor no nos marca porque lo hayamos leído mucho, sino porque hemos pensado en él más de la cuenta". Descreer de todo en voz alta.

De los místicos que no entienden que es ridículo dirigirse a Dios (cuando todos saben que Dios no lee). De los sabios que impiden que uno se entregue definitivamente a sus instintos y a la expansión de la locura. Del lenguaje, ya que cada vez que piensa en lo esencial cree entreverlo en el silencio o en el grito.

Pensar, escribir: "Primer deber al levantarse: avergonzarse de uno mismo". Pensar, escribir, arremeter contra todo. Por eso los libros: Silogismos de la amargura, La tentación de existir, La caída en el tiempo,Breviario de podredumbre.
Para combatir su insomnio, para decidirlo a dejar, como él mismo quería, una imagen incompleta de si mismo.
Su pesimismo, su indiferencia, su desprecio por cualquier circunstancia de la vida motivó la enorme repercusión que tenían sus escritos en la sociedad francesa, tan ligada, en la época, al espíritu existencialista.
Saint-John Perse lo consideraba uno de los más grandes escritores franceses después de Valéry. Susan Sontag dijo que era una conciencia sintonizada con la nota más aguda del refinamiento. Sin embargo, Cioran rechazaba todos y cada uno de las alabanzas, de los premios, de las palmadas en la espalda. Sólo esperaba la noche, y la noche llegaba con dos presencias. Una, atroz: "La vida es soportable gracias al sueño; cada mañana, tras una interrupción, comienza una nueva aventura. El insomnio suprime la inconsciencia, obliga a 24 horas diarias de lucidez, y la vida sólo es posible si hay olvido".

Beckett era su amigo. La ilusión de Cioran era esperar la noche para caminar en silencio con él, entre las putas, por los barrios más marginales de París hasta que el sol salía. De vez en cuando, uno de los dos decía una palabra. Ninguno de los dos vivía en el tiempo, sino paralelamente al tiempo. Cioran sabía, en esos momentos, que la historia era una dimensión de la cual el hombre hubiera podido, y debido, prescindir: "Interrogarse sobre el hombre durante tantos años! Imposible exagerar más el gusto por lo malsano".

Pero siguió, siguió: El Aciago Demiurgo, Desgarradura, Ejercicios de Admiración. Siguió paseando por el Quartier Latin de París, de noche, envuelto en un inmortal sobretodo negro y con la melena blanca desordenada, admirando a su manera a Borges, el flamenco y Schubert. Lejos de todo, lejos de todos, hasta que la estupidez de la muerte cortó su despiadada idea de la felicidad, un 20 de junio de 1995: "Me gustaría ser libre, inimaginablemente libre. Libre como un ser abortado".

(c) MIGUEL RUSSO -Página 12-RADAR

jueves, 5 de agosto de 2010

Y tenía nueve años (...). La escritura, mi trabajo forzado, no conducía a nada y, por lo mismo, se tomaba a sí misma por fin. Yo escribía por escribir. No lo lamento. Si me hubiesen leido, habría tratado de gustar, me habría vuelto maravilloso. Como era clandestino, fui verdadero.

J.P.Sartre, en Las Palabras

Silencios



-Dime tu nombre.
-¿Para qué?
-Pues... para dirigirme a ti cuando te hable.
-No me apetece.
-Y qué te apetece.
-Guardar silencio.
-Ok, no hablemos entonces.
-Vale, pero podrías mirarme, hablarme con los ojos.
-No sé si sabré hacerlo.
-Venga, lo harás muy bien...

(Medio minuto de intensas miradas)

-Joder, detente un momento, estoy a punto de derretirme.
-¿Lo hago bien?
-¿Bien? Has nacido para esto.
-Es el momento del beso ¿No crees?
-Mmm, si, el beso pero...
-¿Pero?
-Soy muy enamoradiza, tal vez no sea prudente.
-Me arriesgo.
-Ni siquiera sabes mi nombre.
-Me invento uno.

Se lo inventó, me besó y me llamo así hasta el final de nuestros días.

miércoles, 4 de agosto de 2010

" Todos los hombres en la medida que les funcione el cerebro, se representan un mundo; pero pocos hombres se representan un mundo original. Considerado en su generalidad, el conjunto de los cerebros es similar a un horno de porcelana del que salen sucesivamente miles de piezas idénticas y sin valor. Sólo una en un millón aparece bizarramente resquebrajada, chamuscada, ahumada, rayada de extraños dibujos imprevistos, combada, agujereada, hinchada, deformada, hechada a perder. Esta pieza de porcelana es la representación del mundo concebida por los espíritus superiores, los genios. Y es para esta única pieza que el horno funciona. Y poco importa que las otras desaparezcan si ella permanace."

El Idealismo, Remy de Gourmont.
" Todos somos personajes extraños, mucho más extraños más allá de nuestro rostro y nuestra voz, de lo que quisiéramos que los demás se den cuenta o de lo que nosotros mismos quisiéramos admitir.
Cuando oigo a un hombre hablar de sí mismo como "una persona franca, honesta, normal", siento que en toda esa seguridad debe haber una anomalía concreta y quizás hasta terrible que se ha propuesto ocultar, y que en afirmación de que es normal y honesto y franco no es más que una manera de recordarse a sí mismo que debe esconder algo."

Niño bien, Scott Fitzgerald
"Regresaba de hacer mis bosquejos sumido en mis pensamientos cuando de pronto, al abrir la puerta del estudio me vi enfrentado a una imagen de indescriptible belleza incandescente. Perplejo me quedé mirándola. El cuadro carecía de tema, no representaba ningún objeto que se pudiera identificar y estaba totalmente compuesto de manchas brillantes de color. Finalmente me acerqué y sólo entonces vi lo que realmente era: mi propio cuadro, cuya posición en el caballete había cambiado, quedando ladeado y como apaisado. Una cosa se me hizo clara, que la objetividad, la representación de los objetos no tenían ningún sentido en mis cuadros y, que en realidad, era perjudicial para ellos..."

Vassily Kandinsky